En la Villa Dolores de los 60, tiene lugar este acontecimiento bien chucano que cobra vida en el relato del "Pepe"
Casorio




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Pepe” Miranda, dolorense radicado en la ciudad de Córdoba, comparte en este relato, las vivencias de entrañables vecinos de la Villa Dolores de calles de tierra.


En el año 64 una pareja, ya grande, decidieron casarse.

Se imaginarán… todo un acontecimiento para nuestro barrio.

A pesar de haber tenido unas cuantas sorpresas de carácter social en esos meses, esta fue la más asombrosa de todas.

Ella, de familia formada en Chancaní, trasladada por trabajo paterno a Villa Dolores cuando sólo tenia dieciséis años , él de un humilde y bellísimo paraje serrano llamado Altautina.

Se conocieron en el almacén de los hermanos Tomás y Santiago Merlo (1), que estaba a mitad de cuadra, de la calle Córdoba , antes de llegar a la calle Chile, esquina en la que vivía esta moza con su familia, y que era el paso obligado para cruzar el puente sobre el Río de los Sauces y tomar el camino que a él lo llevaba a su pueblo.

Tendría ella, diecinueve años y el veintidós, recién salvado de la colimba por número bajo. Andaba tristón por no poder conocer otros pagos y no haber lucido el uniforme militar que por esos tiempos, algún orgullo nos daba a los varones (¡pa´ que se hagan hombres.!-decían nuestros mayores).

Cuando sentía el sonido de la vieja moto Norton tosiendo en la empinada subida de la calle Chile (2) ella buscaba la bolsa de las compras y salía al almacén llegando casi juntos al negocio, y allí se cruzaban miradas llenas de vergüenza y de admiración mutua.

Y tanto va el cántaro a la fuente… que de las miradas al saludo, y del saludo al “¿como se llama uste?”, yo “soy fulano”, y “siempre la veo en la casa de la esquina…” y todo eso, hasta que luego de quince años de noviar sin faltar jamás a las visitas, martes, jueves y sábados, llueva, truene o caiga piedra, pusieron fecha para casarse.

La madre de la joven, con las economías hechas por dejar de comprar velas a San Antonio para que se dé el casorio, decidió que el menú de la fiesta iba a ser “Tayarines con almóndigas” , porque “ya tamos cansados de comer chancho , vizcacha, corzuela, perdices, chivos, vaquillonas y cuanto bicho se les cruce en el camino a estos hombres, que si no comen carne parece que se fueran a morir” – sentenció de un tirón, y, como nadie se opuso, dijo: “Listo.!” y se frotó las manos.

Aviselén a la otra doña,-o sea la madre del novio- pa’ que amasemos.

Se superaron todos los problemas de ropa, cura, madrinas y padrinos, auto que los lleve y traiga y demás trajines…y una ceremonia hermosa. No viera; la novia mas linda que he visto!Él, masomeno nomá, se le notaba mucho lo serrano; “horcau” el pobre con la corbata, medio chingao el saco, pero bueno, ya se casó.

¡Vamos pa` la fiesta!!!”- dijeron, y hasta el cura venía al trote. Se sacaba la sotana blanca y se la daba al monaguillo que corría al lado de él “sudando la gota gorda”

Esas tres cuadras entre la casa y la iglesia, aumentó la sed que traían a causa de los nervios y al llegar se encontraron con una picada de lengua a la vinagreta, queso, aceitunas, escabeche de mondongo, y las jarritas del infaltable copetín que sacaban de una gran olla enlozada y enfriado con un cuarto de barra de hielo.

Cuando llegaron los novios de sacarse la foto en Don Pantaleo, en la olla quedaba el hielo y lo demás estaba en los cachetes de los invitados, que no dejaban de gritar “¡Vivan los novios.!”, “Tire la manchancha padrino pelau!!!”

Cuando entró el cura llevando un candelabro, un chupado gritó: “Viva la Virgen de los Dolores!!!”,casi como un acto reflejo, su mujer le metió un codazo –García, esta nues la procesión… -le dijo por lo bajo
-… Y que viva lo mismo; que mierda!! – le respondió.

¡Que cantidad de gente! Pero lo peor: el chiquerío. Corrían, saltaban, chocaban a las viejas, volteaban los floreros, hasta que llegaron los tincazos, coscorrones y “¡Tate quieto!” de los padres y de otros que no lo eran .

Se acomodaron en la cabecera de la mesa; los novios, los padrinos, un par de abuelas sordas y dos tíos viejos de la novia. Uno de ellos era tan mentiroso que contaba que cuando chico, había sabido ser asistente del coronel Olmedo, (sólo que el coronel Olmedo, fue soldado de San Martín) y también solia decir que habia sido del General José María Paz, y estaba encargado de ensillarle el caballo pal tiempo de la guerra y de los caudillos y que tomaba mate con el cura Brochero, cada vez que iba por San Pedro a buscar mulas para cruzar la sierra. Ni pestañaba para mentir. Este “señor mayor”, según parece, estaba hambriento y con tantas demoras que causaba el acomodamiento de los invitados, iba comiendo pedacitos de pan y se “morfaba” el queso rallado haciendo enojar a las otras viejas que le decían de todo menos bonito.

Trajeron las fuentes humeantes de tallarines, otras llenas de albóndigas con salsa, y de ese aroma que te abre el apetito.

Como es costumbre, sirvieron a los mayores de la mesa principal y luego a los novios. Al alejarse quién servía, el viejo se mandó una albóndiga a la boca, pero estaba tan caliente que en un solo movimiento la escupió en su mano, la tiró bajo la mesa y gritó: “¡Viaaanooviooss!!!”

Después que lo calmaron al goloso y acomodaron el lío de sillas y zapatos debajo

de la mesa, causado por los perros que atacaron a la albóndiga caída, siguió la farra hasta el otro día porque había que acompañar al nuevo matrimonio a la estación de tren, dado que entre los amigos le regalaron un viaje a Buenos Aires con todo pago: hotel, paseos, y todo eso porque nunca habían salido de Traslasierra y la ocasión ameritaba el gasto.

Al regreso, cuando contaban los que les toco vivir y conocer, a la novia se le escapó una anécdota y en la que sonriendo relata, que después de una noche de amor, él se levanta de la cama diciendo que tenía sed y al volver del baño ella nota que estaba todo mojado; al preguntar que había pasado, él , bien paisano, le dice que no le “dentraba la cabeza para tomar agua bajo el pico” y no sabía como hacer

¿Pero y donde tomaste si estas todo mojado? -le repite ella.

Ahí, en la virtientitarespondió señalando el bidet

 


(1) Tomás y Santiago Merlo, eran propietarios de un almacén de ramos generales ubicado en la actual calle Román Basail al 150. Se encontraba en una estratégica en una vía que era paso obligado de los vecinos de Villa Sarmiento que trabajaban en Villa Dolores y de los habitantes de las quintas y campos del norte en el Departamento San Alberto . Eran habituales los sulkis y los caballos “estacionados”. Con el tiempo, los hermanos decidieron modernizar la fachada y cambiar de rubro pasando la sociedad a llamarse “Bazar y Anexo” de Tomas y Santiago Merlo según rezaba el nuevo cartel luminoso. El almacén de “Lo Merlo” llegó a ser una referencia en la ciudad de Villa Dolores y Villa Sarmiento.

(2) Calle Chile, según la antigua nomenclatura de la actual calle Felipe Celli.