El tren, que llegó como augurio de progreso, hoy sólo es un recuerdo de un tiempo de sueños de prosperidad.
El tren




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Pepe” Miranda, dolorense radicado en la ciudad de Córdoba, comparte en este relato a las memorias de una Villa Dolores, con pretenciones de pujanza.


6619Iba por las mañanas en mi vieja y roja bicicleta –que tenía el manubrio al revés y por eso le decíamos la vaca”– a ver el tren carguero.

Me gustaba ese río de vagones grises.

Ese adiós del furgón de cola –de un rojo desteñido–, que con un vaivén de farol en la mano de un hombre de gorra, se alejaba lentamente.

Del lado contrario a la estación, subían, con el tren en marcha, unos hombres con barba y sobretodo protegidos por la planchada de carbón, para no ser vistos y poder viajar gratis adonHobosde el tren llegara. Llevaban colgando de sus ropas con ganchos de alambre unos tarros de diferentes tamaños, todos tiznados y sucios, según creo.

Sobre sus espaldas, un atado de trapos, y también el infaltable sombrero que era amarrado a la cabeza con un piolín, para que no se volara cuando saltaban con agilidad de gato al vagón más próximo, hasta encontrar un sitio donde acomodarse. Eran los linyeras. Cuando les preguntabas a los ferroviarios que estaban en la estación –¿Quiénes son esos hombres? –Los linyeras –decían, y no te daban ninguna otra explicación. Quizás ellos también les temían, como nosotros, los chicos. Nunca me dieron motivo para ello, pero metía miedo el solo verlos.

Cuando el tren se iba, me quedaba parado en medio de la vía, viendo cómo se perdía a lo lejos.

Quizás era el anuncio de mi partida muchos años después.

Ahora, el tren pasó y no volvió jamás, y han quedado en la estación esos mudos recuerdos como el puente giratorio, los galpones con la marca de cuando el tren pasó de largo y fue a parar en la calle lateral, con tanta fortuna que no hubo heridos, solo estruendo y un susto bárbaro de todo el pueblo.

Para nosotros, los chicos, fue una fiesta. Nos divertía escuchar a los mayores hablar de lo que hubiera sido si allí viviera gente y todas esas suposiciones que se hacen después de9653-Chevrolet-Styleline-Deluxe-Modelo-51-c que pasó todo.

Se extraña la poderosa bocina que lo anunciaba, el ruido sordo que crecía a medida que se acercaba, el revuelo de la gente que iba a esperarlo, y los taxistas y cocheros que salían de la Plaza Mitre rumbo a la estación a conseguir sus pasajeros. Don Prado en su Chevrolet 51 reluciente, y Don Lanzetti en su desvencijado Ford, luchadores incansables de aquella época en que todas las distancias eran realmente largas ¿Se acuerdan del Trento Gariglio? ¡Qué personaje!

Y después, los cocheros de plaza, esos sufridos “aurigas” que llevaban tanto a las señoritas maestras como a sus alumnos en el día, y, por la noche, a cuanto trasnochado bohemio se le cruzaba delante, teniendo, a veces, que acompañarlos “a la del estribo”, para que estos perduimage003larios no beban solos, mientras el pobre caballo descabezaba un sueño maneado en la puerta del boliche.

Don Vicente Díaz –mi vecino–, tenía un coche de plaza que era su orgullo. Bien plantado, impecable y tirado por un alazán cabos blancos o un moro enorme que no tenía ni una mancha de otro color, lo que se dice puro. Del otro lado estaba Puchito, capota parchada, arneses remendados, un caballo tristón pero fiel como él solo. Y su conductor, malhumorado y gruñón pero de corazón noble.

Después, cuando siguió la vida el camino que traía, quedaron estos recuerdos, para contar su alegría y llenar nuestras memorias de esas viejas fantasías.

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                 El Fantasma del Tren – Foto de Sergio Coria