Alexis Oliva narra, con rigurosidad histórica, el crimen de un capataz ferroviario en la Cruz del Eje de la década del '30
La tarea extra del tornero rebelde




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Por Alexis Oliva *
Explotación, ideología, violencia, justicia popular y un extraño cruce entre ficción y realidad, en el homicidio de un capataz autoritario cometido por un obrero anarquista en el taller ferroviario de Cruz del Eje.

 

El tornero llegó a las siete de la mañana al taller masticando todavía la bronca de la tarde anterior por la discusión con el capataz. Hacía frío y al respirar exhalaba nubes de vapor que acentuaban el aspecto sombrío de su rostro. Palpó la pistola en el bolsillo de su abrigo, subió la escalera de ingreso y se dirigió a la oficina. No iba a tolerar más provocaciones y menos que lo estafaran con su trabajo. Lo que vio en el tablero lo terminó de decidir: una “S” al lado de su nombre indicaba que había sido suspendido.

El capataz no quiso darle explicaciones.

-Vamos al jefe –dijo con cerrado acento alemán.

-Vos no vas a ningún lado –contestó el obrero y lo empujó dentro del despacho.

El corpulento alemán se zafó e hizo recular al tornero, que sacó el arma y disparó una, dos, tres… siete veces.

Antes de salir, alcanzó a ver al escribiente parapetado bajo la mesa.

-No te asustés, pibe, que no te voy a hacer nada.

Un capataz y un obrero

El alemán José Zeller se radicó en Cruz del Eje con su esposa y dos hijos a principios de la década de 1930, durante la dictadura de José Félix Uriburu. Fue trasladado desde Tafí Viejo, Tucumán, para hacerse cargo de la tornería del estratégico nudo vial de la línea General Belgrano en el noroeste cordobés, puesto que obtuvo por concurso. Su solvencia técnica, el control implacable de los obreros a su cargo y un celo obsesivo en la defensa de los intereses de la empresa, fueron su tarjeta de presentación y rutina de mando.

Segundo Agustín Aguirre fue uno más entre tantos obreros politizados de aquella “infame” década. Años antes, había sido uno de los principales oradores y agitadores durante los actos que los anarquistas locales organizaron en consonancia con la campaña de solidaridad con Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, condenados a muerte en Estados Unidos. Tenía 32 años y estaba casado con una partera diplomada. Algunos recuerdan que solía jugar al frontón en el Lawn Tennis Club con el médico del ferrocarril, quien hacía pocos años había llegado al pueblo proveniente de Buenos Aires, el doctor Arturo Umberto Illia.

En el taller, Zeller perseguía a Aguirre, como a todos, porque era la función que le correspondía como capataz y contaba con el aval de sus superiores. Pero en su caso existía un motivo adicional: él era alemán, simpatizante del por entonces ascendente nazismo, y el operario profesaba abiertamente las ideas del anarquismo.

La causa evidente

Aguirre, uno de los mejores torneros del taller, fabricaba “robinetes atrás tender y tanque”, canillas para el depósito que proveía de agua a la locomotora. Según el tarifero de las tareas adicionales, cada pieza debía abonarse 5,70 pesos, pero Zeller dispuso que cuando la cantidad superaba las diez unidades se efectuara un descuento de 1,50 pesos por pieza. Incluso confeccionaba la boleta sin carbónico para qu1321561096_850215_0000000000_sumario_normale los obreros no advirtieran la maniobra ni pudieran reclamar. El tornero no pasó por alto la estafa y ese fue el motivo del crimen.

Este Hitler de mierda ya me jodió los 1,50 por robinete”, cuenta el ex ferroviario Héctor Del Olmo que dijo Aguirre cuando él mismo le presentó la planilla que había confeccionado el capataz. “Yo en aquel momento (1934) no tenía la menor idea de quién era Hitler -dice Del Olmo-. Después me enteré. Aguirre sí sabía, porque como era anarquista leía mucho; y por eso mismo no se tragó el chanchullo que le hizo Zeller. Ese mismo día discutieron fiero y no quiso firmar la planilla. Al otro día, cuando llegó a las siete de la mañana al taller y fue a dejar la chapa a la oficina, se encontró con la ‘S’ de suspendido”.

Fue la gota que rebalsó el vaso. Sobre todo porque algunos habían alcanzado a escuchar que la discusión del día anterior terminó con una promesa del alemán:

Seguir mañana… seguir mañana… (1).

…era para ellos un azote”

Así relató el acontecimiento Félix Brizuela, corresponsal del diario La Voz del Interior en Cruz del Eje: “A la interpelación del obrero en cuestión, el capataz Zeller, contestó en forma descomedida al subalterno (Según así refieren personas que trabajan en los tornos cercanos al lugar de la escena). Y expresó, al tiempo de intentar salir, de que ‘él no admitía discusión alguna’. Aguirre, dominado por una fuerte impresión, ante la serie de hechos abusivos que con él se venían cometiendo, tomando enérgicamente al superior, le hizo entrar nuevamente a la Oficina y sacando una pistola descerrajó sobre el capataz un balazo que le alcanzó la caja toráxica. Zeller cayó casi debajo de la mesa del escribiente de la oficina, donde le alcanzó otro proyectil disparado por Aguirre, el que penetró en la muñeca derecha. La víctima se incorporó ya gravemente herida, recibiendo un tercer balazo, cuyo proyectil, como el primero, le penetró en el cuerpo, a la altura del corazón, desplomándose ya, sobre la puerta de salida de su oficina, en donde quedó hasta la llegada de las autoridades, expirando de inmediato”.

Más adelante, al indagar sobre las causas, el cronista refiere que “el carácter autoritario del capataz y sus procedimientos, un tanto reñidos con la equidad y la justicia, le habían rodeado de una malquerencia única dentro de su personal y del ajeno a su sección también. Hemos tenido oportunidad de conversar con muchos obreros de la sección y todos están contestes en afirmar que Zeller era para ellos un azote”. Luego hace una llamativa, casi culposa, aclaración: “En forma objetiva estamos relevando los hechos. No queremos justificar el asesinato del desgraciado capataz, pero nos hacemos un deber decir estas cosas en cumplimiento de nuestra misión informativa”. Y sigue: “Quería Zeller, imponer una disciplina casi militar, llegando a cometer injusticias graves con los obreros, muy especialmente, en la asignación de precios a las tareas encomendadas a los oficiales” (2).

Algún día voy a explotar– había avisado varias veces Aguirre a sus compañeros (3).

¿Por qué suenan las sirenas?”

Antes de que se apagara el eco de los disparos, un puñado de trabajadores rodeó el ensangrentado cuerpo de Zeller.

Uno de ellos quebró el silencio:
Che… Llámenlo a Aguirre para que le pegue un par de tiros más, porque todavía se mueve.

Pero ya Aguirre, a quien nadie quiso detener, había salido por la puerta principal y caminaba tranquilo a entregarse a la comisaría. Sobre el escritorio del jefe depositó la pistola homicida, una Browning 7.5, todavía caliente, de la que había disparado todas las balas (dos pegaron en la pared de la oficina y el resto en el cuerpo del capataz) (4). Con la otra mano sostenía una bolsa de manzanas que compró por el camino.

Al rato, salieron los trabajadores y aprendices ferroviarios. “Venían gritando y algunos cantaban el himno de los trabajadores, Hijos del Pueblo. Hijos del pueblo, te oprimen cadenas. / Esta injusticia no puede seguir. / Si esta existencia es un mundo de pena, / antes que esclavo, prefiero morir, / prefiero morir / Esos burgueses que son egoístas / y así desprecian a la humanidad, / serán barridos por los anarquistas, / al fuerte grito de libertad. / Rojo pendón, no más sufrir. / Sólo la unión lo podrá exigir. / Nuestro pavés no pasarás. / Chancho burgués / atrás, atrás” (5), recita Florencio Bustos, el decano de los fotógrafos del pueblo, quien en aquel entonces tenía 9 años. La recuerda bien porque la aprendió en su casa, donde su padre, Bautista Bustos, se reunía con sus compañeros. Florencio se ganaba 20 centavos por noche cebándoles mate.CRUZ DEL EJE

Mientras tanto, a pocas cuadras de ahí, Ana Harlt de Zeller escuchaba sorprendida las sirenas del taller. José Zeller, hijo de la víctima, recuerda: “Cuando el cadáver de nuestro padre era retirado por la entrada principal de los talleres, sonaron todas las sirenas de todos los talleres y de todas las locomotoras existentes en los depósitos y de maniobras en playas, que tantas veces lo vieron, máquina fotográfica en mano para retratarlas. A dos cuadras de dicha entrada, nuestra madre, con sus dos hijitos de 6 y 7 años, se preguntaba: ‘¿Qué pasará que suenan las sirenas ferroviarias?’”. A su vez, su hermano Hugo relata que Aguirre “ingresó a la oficina de mi padre y tras insultarlo sacó un arma que descargó en él, con cinco disparos se desplomó instantáneamente falleciendo de inmediato, sólo pudo pronunciar tres palabras ‘Ana, los chiquitos…’; el criminal posteriormente se lamentó de no contar con más municiones pues era su intención de terminar también con el Jefe de Taller. Posteriormente se tocó la sirena y se paralizó la labor de ese día. Dos amigos personales se dirigieron a su domicilio y tras llamar y ser atendidos por mi madre le comunicaron la infausta noticia, la desesperación hizo crisis en ella y casi al borde del desmayo la llevaron hasta una cama, donde desconsoladamente lloraba, sin poder comprender lo que había sucedido”. (6). Sucedió un 27 de julio en el invierno de 1934.

La causa latente

Pero este hecho que conmocionó a todo un pueblo que aún hoy lo recuerda con estupor, se gestó tres meses antes, sobre las tablas del teatro. El 1º de mayo del mismo año, se había estrenado en la sala de la Asociación Española una obra del grupo local de teatro anarquista. En ella, un peón de campo, cansado de los abusos a los que lo sometía el patrón, lo mataba con una escopeta de dos caños. El actor no era otro que Segundo Agustín Aguirre.

La escopeta era de mi padre -cuenta el mismo Del Olmo-. Aguirre fue a casa y ahí mismo cortó los cartuchos y les sacó las municiones que me quedaron a mí. Después, durante la obra, cuando se escucharon los tiros, yo saqué las municiones del bolsillo y se las mostré a un amigo. ‘Mirá, esa es la escopeta de mi viejo’. A los tres meses Agustín hizo exactamente lo mismo, pero con una pistola bien cargada”.

De pequeño, Florencio solía actuar en las producciones teatrales de los anarquistas. Aquella obra se titulaba Tierra Madre y él representaba a uno de los hijos del protagonista: “Era un personaje Aguirre en las tablas. Hacía muy bien los papeles. Esa obra hizo llorar a la gente. Cuando nos vienen a desalojar, dice él: ‘¡Aquí no la entra!’. Porque hablaba en italiano. ‘¡Aquí no la entra, patrón!’ Y me dice: ‘¡Alcánceme la chupeta!’. Y yo le alcanzo la escopeta y… ¡pum! Hizo un tiro como un cañón”.

Casi como una ironía de la historia, en el lugar donde sucedió este drama hoy se levanta un escenario, el de la Fiesta Nacional del Olivo.

¿La causa genética?

Nada dice del crimen el diario Los Principios en su edición de ese fatídico día. Sí, en cambio, informa que “El doctor Courel presentó el proyecto para la construcción de un dique en Cruz del Eje. Y fue justamente ese doctor Carlos Courel, un prestigioso dirigente del Partido Demócrata, quien ejerció la defensa de Aguirre, pretendiendo ganarse la simpatía del pueblo al sacar de la cárcel a quien para muchos era un paladín de la justicia popular (7).

Durante su estadía como procesado en la Penitenciaría de barrio San Martín, el obrero alcanzó a recibir una visita de su joven amigo Héctor. Éste recuerda dos cosas que le llamaron la atención. Debió esperar un largo rato en una sala vacía, porque Aguirre había tenido una pelea con un guardia y estaba castigado. También le sorprendió que, al llegar, el tornero sonrió y le tendió la mano encogiendo el dedo anular: “Después pude saber que así se saludaban los anarquistas”.

Tal vez haya sido el mismo diputado nacional Courel quien le consiguió trabajo, porque luego de salir de prisión y durante los diez años posteriores al crimen, Aguirre volvería a ejercer su oficio de tornero en la obra del Dique Cruz del Eje, inaugurado por el gobernador radical Amadeo Sabattini, quien así cumplía su promesa de proveer de “agua para el norte”. Finalmente se trasladó a Buenos Aires y llegó a ser jefe de los talleres gráficos donde se imprimía la revista Damas y Damitas.

Por si hicieran falta más hechos increíbles en esta historia y para dar letra a quienes creen más en las causas genéticas que en las sociopolíticas, Aguirre tenía un hermano preso en una cárcel porteña… por haber matado en su trabajo a un superior.

La bienvenida

El 12 de septiembre de 1934, el fiscal Julio Carreras pidió la pena de ocho años de prisión. Courel alegó que su defendido actuó bajo emoción violenta y en defensa propia ante la agresión de su superior. Finalmente, el lunes 29 de octubre, tres meses después del crimen, el juez Manuel D. Tissera, titular del juzgado de 2da. Nominación en lo Criminal, condenó a Aguirre a un año de prisión en suspenso por “homicidio con exceso en la defensa”, fallo que dejó al obrero en libertad.

capilla_del_monteDías después, recibió una especial bienvenida en Cruz del Eje, una prueba más de la condición de vindicador popular que el pueblo le había otorgado. En la sede de la Sociedad Italiana, se llevó a cabo una “velada cinematográfica” para recuperar los gastos del Comité de Defensa del Obrero Segundo Aguirre, formado por la Unión Ferroviaria con el objetivo de “prestar todo su apoyo moral y material a la defensa del obrero” (8).

Después de la película hubo un acto de recepción, en el que hablaron -ante un salón colmado de cruzdelejeños- Ramón Moya, de la Comisión de Defensa, y el letrado Courel. Por último, Aguirre “agradeció en cálidas y emocionantes palabras la colaboración prestada por todo el pueblo trabajador de Cruz del Eje para quienes, dijo, tiene una deuda de gratitud” (9). Pero no pudo ejercer sus conocidas dotes de orador por “la intensa emoción que lo embargaba”.

No era para menos. Y 70 años después, desde el imaginario de nuestros días, resulta más asombrosa aquella sociedad que colmó un salón para festejar el regreso de un hombre cuya libertad se logró en gran medida por la presión de ese mismo pueblo, que supo arrancar a uno de los suyos de los engranajes de la justicia penal.

El testigo y el cronista

TalleresFerroviarios1940-CruzdelEjeHéctor Del Olmo, jubilado ferroviario y cruzdelejeño, murió a los 90 años el 3 de noviembre de 2004. Era el último sobreviviente de aquel círculo de obreros que rodeó al cuerpo agonizante del capataz José Zeller cuando él tenía apenas veinte y era uno de los aprendices más jóvenes en el taller ferroviario. Siendo amigo de Agustín Aguirre, también respetaba a Zeller, porque “como jefe conmigo se portó muy bien, era inteligente y se podía aprender mucho de él”. También ideológicamente era “equidistante” entre ambos, ya que entonces simpatizaba con el radicalismo yrigoyenista y luego fue “peronista desde el ‘45 hasta hoy”. El destino lo puso en los lugares y momentos cruciales del drama (la obra de teatro, la discusión laboral, el crimen, la visita a la cárcel). Y lo dotó, además, de una memoria prodigiosa, que le ha permitido aportar a esta crónica una profusión de detalles y hasta datos numéricos, como la diferencia de 1,50 pesos en el pago de la tarea, diferencia que el cronista de La Voz del Interior refiere pero no detalla, porque no estuvo ahí, porque la Policía no lo dejó entrar, según señala en su crónica.

Que Aguirre haya recuperado tan pronto su libertad se debe en gran medida al trabajo constante, valiente y riguroso de ese periodista, que optó por buscar la verdad más allá de la evidencia física de una víctima y un victimario. Él defendió desde el principio al obrero y tuvo el coraje de levantar la mira y atribuir la responsabilidad del crimen al jefe de los talleres. En una foto publicada en el diario a propósito de un premio de lotería ganado por los mineros de las canteras de Quilpo, aparece uno de los beneficiarios “junto a nuestro activo corresponsal, señor Félix Brizuela. Así se llamaba, tenía menos de treinta años, era arquero de fútbol y secretario del Centro Socialista local, aunque luego llegaría a ser, durante el primer gobierno de Juan Perón, ministro de Gobierno de Catamarca, su provincia natal.

NOTAS:

(1) Al dato lo aporta Ismael Brion, último jefe del ferrocarril hasta el cierre en mayo de 1978. A él se lo contó su suegro, Ernesto Maldonado, quien trabajaba en la tornería del taller.

(2) Más adelante en la crónica, se lee en un subtítulo: “DE DONDE VIENE EL MAL – Creemos que el mal debe venir de arriba, y debe buscarse en la jefatura de talleres. No podemos creer que el jefe de talleres no haya conocido toda esta serie de injusticias, que se cometían en la sección tornería y valido de su autoridad, poner coto a ello”. Se refiere al entonces jefe de los talleres ferroviarios de Cruz del Eje, Juan B. Ansaldi. En una nota publicada días después, el cronista insiste en la responsabilidad de Ansaldi. “LA ADMINISTRACIÓN DE LOS FF.CC. DEL ESTADO DEBE TOMAR ENÉRGICAS MEDIDAS CON EL JEFE DE TALLERES”, titula, y escribe: “Significamos con una claridad absoluta desde dónde venía el mal. Y el único culpable, en lugar de rectificar procedimientos y encauzar el funcionamiento de la importante repartición ferroviaria a su cargo por el camino del cual, por su propia conveniencia no debía apartarse, no sólo no ha rectificado ni enmendado nada, sino que abusando del cargo que detenta, ha iniciado una sorda persecución contra los capataces y obreros que no le secundan en sus propósitos nada confesables”.

(3) Citado en “El misterio de adiós que siembra un tren” (Ediciones el Copista, 2000), de Lucila Nieto. A partir del testimonio de miembros de la Unión Ferroviaria, la autora también reconstruye un diálogo que ilustra el creciente hartazgo de Aguirre ante la hostilidad de Zeller:

Una jornada, apenas empezaba el trabajo y se escuchó al capataz:

– Ayer apareció un tornillo de Arquímedes con el eje torcido, y el único que tiene acceso a ese artificio es usted.

– Señor, yo hace un mes que trabajo sólo en el torno con soporte.

– Está húmeda una de las tenazas del torno. Cuide mejor los elementos de trabajo que le brinda el capitalismo para que usted viva- siguió el capataz.

– No, señor. Aparte de secarla con un paño, les puse el ventilador.

– Claro, total usted no paga la luz, la paga el Estado explotador. Mientras está torneando una rueda no se puede hablar, mejor dicho, adoctrinar.

Esa tarde, cuando regresaba a su casa, el obrero le dijo a unos compañeros: – O renuncio, o lo mato.

– Estás loco –le contestaron los muchachos-, no le hagás caso al gringo ese, es un amargado.

– Pero… ¿por qué se agarró conmigo?

– Porque sos un señor, tenés manos de oro y una mente brillante. Además todos te queremos como un gran compañero.

Al día siguiente se repitió la escena:

– Haga bien esos clavos con resalto helicoidal. Porque demasiado clavo es usted”.

(4) En el certificado de defunción consta que José Zeller murió “a consecuencia de heridas de bala en el estómago y espalda, ambos brazos y muñeca”, lo cual coincide con el testimonio de Héctor Del Olmo, quien afirma que, de los siete proyectiles que cargaba la pistola, dos pegaron en la pared de la oficina y el resto en el cuerpo del capataz. También es coincidente con lo que refiere Hugo Zeller, hijo de la víctima: “El criminal posteriormente se lamentó de no contar con más municiones pues era su intención de terminar también con el Jefe de Taller”. En cambio, el cronista de La Voz del Interior habla de sólo tres balazos, dos en el tórax y uno en la muñeca.

(5) Hijos del Pueblo ganó el primer premio del certamen socialista de música revolucionaria, organizado por el Centro de los Amigos de Reus (miembro de la Primera Internacional) en 1885. Se cree que su autor fue el director de una banda militar de Barcelona.

(6) Ambos hermanos escribieron su propia versión sobre la tragedia de su padre. El mayor, José Zeller, escribió una suerte de cuento inédito, titulado “El crimen y las sirenas ferroviarias”, donde atribuye la causa del homicidio exclusivamente a la cuestión ideológica: “Y el odio, producto del resentimiento y de la naturaleza de algunos individuos, es como la fe que mueve montañas y aglutina a los de su clase, encontró un blanco, un joven alemán de 34 años, culto, concertista de piano, campeón de ajedrez, con auto último modelo (había sólo dos autos en Cruz del Eje así), con propiedades en Tucumán, de donde fue trasladado para ser jefe en los talleres de Cruz del Eje y que por sus conocimientos y sentido del deber y disciplina le auguraban un brillante porvenir. Apolítico por su condición de extranjero y jefe por sus condiciones, representaba en cierta forma un poder de opinión, que para los anarquistas de la época había que silenciar… y se dio!”. Hugo Zeller, ya fallecido, relata la muerte de su padre en un libro que no llegó a terminar sobre la historia de su familia. Allí refiere que “fue siempre exigente, comenzando por sí mismo, defensor de la empresa a la cual estaba agradecido, actuando siempre con total corrección, sin preferencia, molestando esto a algunos de los exhuelguistas, que reclamaban una mejor paga por las tareas complementarias que realizaban no acorde con las que realmente efectuaban, cosa que no accedió mi padre pues estimaba que de así hacerlo se perjudicaba a la empresa a la cual todos tenían la obligación de tutelar pues era la fuente de trabajo y sustento de nuestras familias. Fue así que se tramó su eliminación y un anarquista de apellido Aguirre se encargó de su ejecución”.

(7) La paradoja de que un abogado y político conservador asuma la defensa de un homicida de ideas anarquistas, encuentra una motivación adicional en el escenario político de la década anterior. En su libro “El movimiento obrero ferroviario desde el interior del país – 1916-1922” (Biblioteca Política Argentina – Centro Editor de América Latina, 1988), Mónica R. Gordillo explica el interesado apoyo del Partido Demócrata al “Sindicato Anárquico”, disidente de la Fraternidad y con gran inserción en los centros ferroviarios de Alta Córdoba y Cruz del Eje: “Hay que recordar que para entonces el partido que estaba en el gobierno de la provincia de Córdoba era el Demócrata y que, por lo tanto podía ser bien vista toda acción que pudiera perjudicar políticamente al Partido Radical, que detentaba el Poder Ejecutivo nacional. Resulta coherente, así, que determinadas autoridades locales pudieran haber apoyado movimientos huelguísticos en el un ferrocarril que, como el Central Norte Argentino, pertenecía al Estado nacional”.

(8) Una asamblea extraordinaria de la Unión Ferroviaria dispuso la conformación del Comité de Defensa, integrado por Demetrio Spadoni y Domingo Bravo, y resolvió que los asociados aporten un día de jornal. (La Voz del Interior – 9 / 8 / 1934).

(9) En cierto modo, ya estaba pagando esa deuda, y no sólo en Cruz del Eje. Florencio Bustos recuerda que su padre recibía correspondencia de otros ferroviarios anarquistas que le informaban que después del homicidio de Zeller, en Tafi Viejo (Tucumán), Laguna Paiva (Santa Fe) y otros centros ferroviarios la prepotencia de los capataces experimentó una sensible mengua.

* Alexis Oliva es licenciado en Comunicación Social y se dedica a la investigación periodística en derechos humanos y la crónica de conflictos sociales. Escribe en el periódico Será Justicia, la agencia Infojus Noticias y las revistas Umbrales, y El Avión Negro, entre otras. Además es columnista de “Pido la palabra y digo”, el programa de los organismos de derechos humanos en Radio Nacional Córdoba. Colaboró también con la investigación para libros de Horacio Verbitsky, y en 2010 obtuvo el primer premio en el concurso de investigación periodística Rodolfo Walsh del CISPREN, con el trabajo “La evasión literaria”. Además, es profesor de Periodismo y Literatura e Investigación Periodística en la Universidad Nacional de Catamarca.
Autor de  “Todo lo que el Poder Odia” es la biografía de Viviana Avendaño (1958 –2000).