Vencido el temor a duendes y villanos siesteros, sólo el ingenio evitaría que "los críos travesiaran" al rayo del sol.
Las memorias de “La Secu” (Parte II)




Secundina Reynoso guarda en sus recuerdos vivencias de los tiempos en los que las noches se alumbraban a candil o farol, y las comidas tenían el saborcito ahumado de los fogones y cocinas a leña.

“A la siesta no se sale”

Secundina ceba mate al más puro estilo serrano: con menta, dulces… muy dulces y con agua bien caliente. Y mientras mueve la bombilla como quien revuelve los recuerdos y entonces, sonora su risa le abre la puerta de los tiempo y le vuelven a brotar las imágenes del pasado.

Aquellas de esas semanas en las que “el Ricardo” se ausentaba y entonces ella concentraba la absoluta potestad de la prole. “Yo los tenía cortito…” dice mientras sus recuerdos se vuelven palabras y se derraman en un relato que nuevamente nos trasporta a aquel caserío en El Rodeo con calles de atardeceres polvorientos.

Si algo hubo conflictivo entre padres e hijos niños, fue la hora de la siesta.
El momento del descanso de los mayores debía ser garantizado a como diera lugar. Ya sea mediante la difusión de mitos que involucraban a seres sobrenaturales como el Mikilo, horripilante duende con patas de gallina que secuestraba los niños anduvieran afuera en las siestas, y otros no tanto como el Viejo de la Bolsa que al igual que el Mikilo se llevaba los niños, pero este en una bolsa que cargaba sobre su espalda.

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Esa imagen produjo muchas confusiones en los infantes de entonces, ya que por esos años con frecuencia solían verse transitar por las calles y senderos de Villa de Las Rosas y parajes cercanos, a hombres cargando yuyos o tabaco en grandes atados de “lienzos” de arpillera a modo de bolsa. Y para la mayoría de los niños esa figura pasaba ser literalmente, un Viejo de la Bolsa, alimentando el temor ante aquella sugestionada constatación de su existencia.

Pero ni aún recurriendo a un menú de tan variados y malévolos personajes amainaban las ganas casi necesarias de los niños de salir a “travesiar” en las horas en que los reinabas las lagartijas. Entonces La Secu acudió a una sencilla estrategia para evitar que se escapara el rebaño mientras se sumergía en los dominios de Morfeo. Se acostaba atravesada en la puerta de la pieza, de modo tal que literalmente ella misa se transformaba en un inviolable pasador.

Así las cosas a los niños no les quedaba otra que ponerse a jugar en voz muy baja, casi murmurando y algunas veces hasta el sueño les alcanzaba y los adormecía contribuyendo a hacer más placentero el descanso de Secundina.

Por las tardes, nuevamente el bullicio infantil se adueñaba del patio, que Secundina barría prolijamente con escoba de pichana, mientras miraba sus hijos correr al rededor de los árboles. Cada tanto La Secu hacía una pausa en la vaivén de la escoba y mientras un suspiro le abría el pecho, elevaba sus ojos hacia las cumbres, como buscando el regreso del ausente o quizá simplemente recorriendo camino para iluminarle, con su esperanza, el sendero seguro hacia su hogar.