Por Leonardo Vergara
Todos estamos enfermos




Foto Leo VergaraEl azar obra de manera extraña. Mi reciente viaje de Villa Dolores a Córdoba Capital sucedió un lunes por la tarde. Alguien me pidió que le cambiara su asiento asignado por el que tenía asignado yo. A todos nos gusta estar cerca de las personas que queremos, sobre todo si estamos dentro del mismo colectivo. Cedí.

Me entretuve desde la terminal de Villa Dolores hasta la terminal de Mina Clavero, trayecto que demora alrededor de sesenta minutos, leyendo una novedad literaria publicada por un amigo con el cual compartimos el gusto por las letras. En Mina Clavero conocí a una niña de nueve años, Juliana o Yuliana o Giuliana (probablemente jamás lo sepa con certeza). Juliana (como le llamaré a partir de ahora), se despidió emotivamente de su abuela antes de sentarse en el asiento que formaba un par con el mío. Puesto el coche en movimiento, ella buscó a su abuela a través del cristal intentado ver por última vez sus mano agitándose y su sonrisa enternecida. Yo, que ya tengo veinte años más ella, sigo haciendo lo mismo. Busco a mis padres cuando van a despedirme a través del cristal hasta que el colectivo dobla y desaparecen.

No tengo hijos. Sin saludarla, le sugerí a Juliana la conveniencia de que se pusiera el cinturón de seguridad. Como siempre el cinturón estaba imposible: perdido dentro del asiento, tuvo que levantarse para que yo pudiera desatascarlo. Pero tampoco podía prenderlo sola, a lo que me ofrecí pidiendo permiso mientras una señora con muchos más prejuicios que sensatez me dirigía su mirada acusativa funesta. Claro, sólo un enfermo podría preocuparse por la seguridad de una niña antes que del el prejuicio que pervive buscando perversos. Juliana comía semillas de girasol sin arrojar ni una sola cáscara al piso, las guardaba a todas estrictamente en su bolsillo izquierdo. Luego de que sonreí para los ojos de nadie, y retomé mi lectura, me preguntó si estaba estudiando. Le respondí que no, que estaba leyendo poesía. Y allí comenzamos una conversación que se extendió por tres horas hasta que ella se bajó más allá o más acá sobre la Ruta N°20.

Ni bien terminé de leer el poema “Dedicatorias” de la mexicana Ambar Past, me volví hacia la niña para preguntarle si le gustaban las poesías. Me respondió que no rotundamente a lo que repregunté si alguna vez había leído alguna. Sentí que perdía mi primera batalla cuando aún más rotundamente me aclaró que “no le gustaba leer”. De preguntarle qué cosas sí le gustaban hacer, fuimos desde el tenis hasta el cine de Disney, de los animales domésticos a los delfines domesticados, de mis deportes favoritos, a mis intentos de explicarle qué sucedía y por qué sucedía lo que sucedía en “La lista de Schindler” (Schindler’s list ‘1993). Lo cierto es que entre mis intentos de explicarle el nazismo y el totalitarismo, velé mis dudas al respecto; ¿por qué es que los hombres llegamos a esto? No lo sé. No lo sabía, el nazismo que echó a la mitad de mi familia materna de Europa es algo que aun no comprendo, y quizá nunca lo haga. Pero parece que la inocencia de un niño nos pone en una ineludible posición de poder en la cual tiene un costo mostrarse indefenso, pero sospechaba, ahora lo creo, que tiene un beneficio mucho más grato. Y caí en la pretensión de preguntarle si no tenía amigos judíos, como mi mamá o mi abuela, o de otras religiones y me respondió con un cachetazo ético que ni Aristóteles a Nicómaco: “no sé, no les pregunto esas cosas a mis amigos”. “Claro, tenés razón” asentí reducido pero ella estaba muy lejos de la adulta ambición de tener la razón y del adulto complejo de no tenerla.

Continuamos nuestro intercambio de ideas recorriendo las materias del cuarto grado que le simpatizaban y de allí a mis vacilaciones para explicarle a qué era que yo me dedicaba. Redundé seguramente y me enredé intentando explicarle qué era la filosofía, porque a eso me dedico. Y temo no habérselo explicado claramente, evadí mis carencias hablándole de mis estudios académicos sobre J. R. R. Tolkien para demostrarle que en la universidad también leíamos “El hobbit” (The hobbit ‘1920-30) o “El señor de los anillos” (Lord of the rings ‘1937-49). Fue entonces que me preguntó si creía yo que existían los duendes. Dudé una apreciable pausa y luego, y sin responderle, le pregunté qué le parecía a ella. Me dijo que era “obvio” que los duendes existían pero que no siempre se aparecían ante la gente. Tengo que admitir que con eso me convenció y aunque dudo de la mayoría de las cosas, ya no dudo de la existencia de los duendes.

Hija de padres separados, la conversación recayó inevitablemente en ello, sin que yo mencionara a sus padres, escenificó discusiones e improperios. Intuyo que mi gestual transparencia la llevó a tranquilizarme asegurándome que “todo estaba bien ahora”, y que aquellos días en los que “la había pasado realmente mal” eran cuestión de otro tiempo.

Cuando le pregunté a qué escuela iba, lo hice sin reparar en el contexto. Ella, en lugar de decirme el nombre del establecimiento, intentó explicarme la dirección exacta del lugar y cómo llegar hasta allí. Mientras narraba calles, lugares comunes del barrio y esquinas, me asomé a espiar a la señora de la mirada acusante que seguía fiscalizando nuestra charla y ya comenzaba a preocuparme lo que pensaría el chofer que se encontraba a escasa distancia de nuestros asientos. Juliana persistía en explicitar cada detalle: el nombre del transporte que la llevaba hasta el colegio, y agrupaba en conjunciones extensivas los horarios de entrada y de salida de los lunes a los viernes. Yo me perseguía con este mundo de prejuicios de los adultos que no me permitía escucharla y que desgraciadamente que me inclinaba más a pensar en cómo hacer para callarla. Pero ¿cómo le explicaba que los adultos estamos todos enfermos?

Juliana me invitó al club donde practica tenis y parece ser feliz con sus amigos. Me dijo qué días y en qué horarios trabajaba su mamá en una peluquería en el centro. Y yo temía por ella y por mí, temía por lo que pensaría el chofer y “doña prejuicio”; llegando a Córdoba ya estaba preocupado por el prejuicio de cada persona a bordo del colectivo. a lo largo del viaje, rechacé dos invitaciones a compartir sus semillas de girasol, una a compartir sus cereales con forma de anillitos y otra a compartir su gaseosa. Me pidió un permiso que no era mío para bajarse en el parador a “hacer pis”. Permiso que concedí con la condición de que fuera del colectivo al baño sin escalas y de vuelta al colectivo. Había niebla en el camino y ella temía que chocáramos con otro colectivo porque “no podía ver un comino” a través del parabrisas.

Le indiqué al chofer dónde era la parada de Juliana cuando estuvimos cerca y ella se apuró a levantarse. Le pedí a ella que permaneciera sentada hasta que el coche se detuviera y cuando por fin se detuvo, y el chofer abrió la puerta, se me quedó mirando y explicándome que yo podía pasar (imagino que en calidad de visita), alguna vez, por la peluquería de su mamá que queda en el centro. No pude responderle que “no” pero creo que eso fue lo que le respondí con el silencio. “Bueno, nos vemos” me dijo finalmente con marcada congoja. “Nos vemos” le dije yo sabiendo que nunca vamos a volver a vernos. Por el gesto, creo que ella también lo intuyó.

Cuando por fin se abrazó con su mamá en la vereda, abandoné la idea de que todos me estaban viendo. Pero no, la “señora prejuicio” lo seguía haciendo, aunque dejó de incordiarme casi instantáneamente. Sí, en cambio, comenzó a recorrerme esta idea que en el colectivo sólo tachaba a los demás: todos estamos enfermos, incluso yo, lleno de temor a los prejuicios ajenos, temblando mientras aseguraba una criatura al asiento, evitando hasta rozarla con los codos, negándole la gratificación de compartir sus alimentos. Todos, hasta el chofer que en vez de atender el camino y la niebla en plenas Altas Cumbres, relojeaba. Todos, incluso la abuela de Juliana, que sentó la criatura a mi lado pero la encargó a una mujer que roncó durante todo el viaje alegremente. Todos. Menos los niños, que entre duendes, autos que vuelan y su inhabitual gusto por el brócoli, están absolutamente cuerdos.