El entrañable Timoteo Bustos, en rituales tan chucanos como la Peregrinación a Renca.
Tren Peregrino a Renca




Justo
Por Justo Valdarenas
Justo Valdarenas, rescata en su libro "Así era Timoteo Bustos", una serie de anécdotas de este singular personaje de Villa Dolores. El siguiente relato forma parte de ese libro.
 

Dos sensaciones me embargan en este momento. Una, la sensación enorme que sentí, aquel día, cuando siendo apenas un muchacho, me embarqué en el tren que cubría el trayecto entre Villa Dolores y Tilisarao en la provincia de San Luis, que en la nomenclatura ferroviaria se denominaba “Tren Peregrino a Renca“.

La otra, era el profundo sentimiento piadoso que embargaba al pasaje, que en medio de rezos y plegarias (cientos de feligreses) marchaban a rendir tributo al milagroso Cristo de Renca, que según la leyenda, se le apareció a un hachero en la horqueta de un árbol.

Antes de ese, mi único viaje, había conocido los vagones en la estación; había subido en muchas ocasiones, y por distintas circunstancias, pero siempre estaban parados. Hoy, como ayer, siento el vértigo de la velocidad.

Ese día, temprano, nos embarcamos. A horario y todos con el boleto en la mano. Mario Arrieta y yo. Esperaba, sinceramente, que mi amigo no se durmiera, porque en ese estado solía hablar y seguramente, nos metería en problemas, por algunas opiniones partidarias, que en ese estado formulaba.

Mi ansia aventurera, que no tenía límites, me llevó a recorrer el vagón y así llegue al baño. La literatura mundial debería tomar nota de las miles de leyendas que anónimos escritores y poetas reflejan en las paredes, mientras gozan de tan supremo instante. El baño no escapaba a las generales de la ley, sólo que esta vez, era gris y burocrática:

“Prohibido hacer uso de las instalaciones sanitarias,
mientras el tren este detenido en las estaciones

Ferrocarriles Argentinos”


Bueno es aclarar en este instante, que los baños químicos no existían y la mejor solución encontrada para los transportes de larga y media distancia, eran las unidades sanitarias sin depósito y abiertas en la parte inferior.

La respuesta a tan gris como injusta recomendación, no se había hecho esperar, por el ingenio del hombre que jamás descansa:

“Cáusame extrañeza este aviso estrafalario,
pues debe saber la empresa, que mi culo no tiene horario”

Algunos peregrinos, ya desde el mismo andén, musitaban oraciones, mientras otros rezaban el Santo Rosario. El ambiente era profundamente piadoso. Un silencio impregnado de religiosidad caracterizaba a esa manifestación de fe.

Mientras el tren avanzaba, los viajeros ponían en orden su conciencia, mientras hacían la cuenta de sus pecados y, así llegar en pleno recogimiento hasta la imagen religiosa.
Cada uno sabía que le debía al Cristo. Es, que los que viajaban a pagar sus promesas lo hacían llenos de gratitud. Los que buscaban, ahora, una gracia , una sanación, trabajo o un milagro, también, oraban con fervor.

De pronto, un sonido conocido, una música singular invadió todos los ámbitos del tren. Hasta el más distraído supo de lo que se trataba. La mayoría, sigilosamente, comenzó a levantarse, escudados en que estiraban las piernas, otros, en alguna necesidad fisiológica. Pero todos marchaban, inconscientemente hasta el vagón desde donde provenían las notas de un repertorio inconfundible.

Nosotros no escapamos a la magia. Ahí estaba. Era él. Timoteo Bustos ocupaba el centro de la escena. Ese vagón, de la piadosa formación, se había transformado, en una bacanal.

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Timoteo Bustos

Aplausos, vivas y gritos, coronaban cada interpretación de nuestro artista. Hasta los penitentes se prendieron en la fiesta, sucumbiendo a la inevitable tentación, dejando incumplidas promesas, para liberarse de sus pecados, para una próxima oportunidad.

Como por arte de magia, aparecieron botellas de vino, que circulaban de mano en mano. Las petacas de coñac y licores Capitán de Castilla, botellas de anís Ocho Hermanos, y una botella de caña Pecho Colorado, eran compartidas fraternalmente.

Todos los que podían zapateaban sobre los asientos del convoy, atestados de gente; los más habilidosos bailaban en los pasillos, y los restantes, golpeaban, haciendo ritmo, con lo que tenían a mano. La fiesta continuaba sobre rieles.

El resuello del tren, parecía acompañar el ritmo de la música.
Una ola de indignación fue ganando a las mujeres abandonadas. Algunas ingresaban al vagón en busca de sus cónyuges, antes que el alcohol les hiciera perder el control, provocando acaloradas discusiones. los argumentos eran de lo más variados. Ellas, reclamaban cordura y atención…

– ¡Mirá lo que hacés! ¡No te da vergüenza!
-¡Vamos al Cristo de Renca y el mocito, divirtiéndose!
-¡Sos el mismo sinvergüenza de siempre!
-¡A vos nunca te importa nada!
-¡Vení para acá, a seguir rezando!
-¡Cuando no! ¡El borracho mostrando la hilacha!
-¡No se puede salir nunca con vos!
-¡Sabía lo que pasaría!
-¡Soy la misma tonta de siempre! ¡Querer salir en familia!

Eran algunas de las “amorosas” expresiones que escuchamos en boca de las feligresas, que viajaban con el rosario en la mano y el escapulario al pecho.

Mientras que con los ojos, hubieran querido asesinar a ese hijo de Satán, que vestido de mejicano y armónica en mano, había roto el espíritu que reinaba en aquel Tren Peregrino a Renca de mi recuerdo…


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