Viaje al pasado de una de las más pintorescas localidades de Traslasierra: Villa de las Rosas
Las memorias de “La Secu” (Parte I)




Secundina Reynoso, “La Secu“,  vive en Villa de Las Rosas,  desde que nació, hace noventa y tantos años. Madre de 7 hijos, vivió en Las Chacras, Rodeo de Piedra y en Los Molles, fanática de José Santillán, el locutor de la radio Comunitaria de Villa de las Rosas. Agraciada con una memoria envidiable y una fortaleza lograda mediante la resistencia a los duros avatares que la enfrentó la vida, se dispone humildemente como testigo de tiempos en los que su pueblo padecía los efectos de la crisis económica mundial del ´30.

Las historias que va redescubriendo para nosotros le corren el velo de la amnesia a una Villa de las Rosas con relatos y vivencias que bien podrían haberse escapado del realismo mágico con que el gran Gabo pintó a su Macondo. Sólo que en este caso el realismo es, a veces, más cruel que mágico.

Esta es la primera de varias entregas en la que iremos compartiendo los recuerdos y vivencias de Secundina Reynoso que nos acercan al pasado de una de las localidades más pintorescas del Valle de Traslasierra.

De ausencias y esperanzas

En este ejercicio de ir a buscar en la memoria sus vivencias más importantes, Secundina evoca a Ricardo, su marido, quien al igual que varios hombres de las localidades que lindan las sierras, debían que cruzar del otro lado para trabajar en los maizales o en las “hach82034-800-475adas” durante semanas enteras sin volver al hogar. Los hombres, siempre en grupo emprendían la trepada a las sierras por la Cuesta de La Ventana, Los Hornillos arriba.

Partían de madrugada y cerca del mediodía ya llegaban “al filo” desde dónde echaban una última mirada al vasto valle que se extendía a sus pies. Y entonces, los ojos de Ricardo recorrían hasta los valles riojanos y hacia el sur acariciaban las siluetas de los cerros de la Pampa de la Invernada, en San Luis.
Luego la fila de caballos y jinetes se encolumnaban por la Pampa de Achala buscando las llanuras de Paravachasca y Río Cuarto.
Durante la ausencia de los hombres, las mujeres, en su mayoría jóvenes madres debían cuidar de los hijos y administrar la pobreza y la escasez.

Secundina recuerda una historia que dimensiona esas circunstancias. Si bien los hechos son reales algunos nombres han sido modificados con el fin de preservar a los protagonistas y sus memorias.

Celina, era una de las tantas jóvenes madres que quedaba en el hogar a cuidar los niños durante la ausencia del hombre de la casa. En una oportunidad, el hambre había acechado atrozmente a sus niños y a ella misma. Entonces, una tarde llegó hasta la casa Don Norberto, vecino y amigo de la familia que conocía del drama de su joven vecina.
Como le va Celina,? Vengo del campo y sabe que ha quedado una majada de Doña María Bringas. No quiere que vayamos a agarrar una cabra?”-y el convite sonó más a travesura para apaciguar el hambre que a la comisión de un delito. Y como la necesidad tiene cara de hereje, Celina, no dudó en garantizar el sustento de su prole. Y tomando un puñado de sal se encaminaron hacia donde pastaba la majada. El artilugio de la sal le permitió a Celina aproximarse a los animales de modo que facilitaba la elección.

Sin mayores protocolos el lugar se convirtió en improvisado matadero y luego de cubrir la sangre guardaron el cuerpo del animal que una bolsa y emprendieron el regreso a la casa de Don Norberto.

Doña Juana, su esposa, no pudo ocultar su disgusto cuando conoció la manera en que habian obtenido el contenido de la bolsa. Los mayores habían pactado silencio y ni los niños debían conocer el origen de aquello que los alimentaría un par de días, para evitar que una inocente conversación deviniera en un testimonio delator.

Don Norberto, procedió a desbastar y cuerear la cabra y para tal fin colgó el animal con ganchos en la rama de la higuera. Estaba en plena faena cuando golpearon las manos. Doña Juana se asomó prudentemente y con sorpresa que pronto se transformaría en temor vió que un policía uniformado miraba hacia el interior de la propiedad. Sin que el inoportuno visitante lo advirtiera, Doña Juana, salió presurosa hasta el patio y sin poder ocultar su pánico, les anunció a su esposo y a Celina la preocupante novedad. Norberto, con las manos ensangrentadas, y portando el cuchillo miró a Celina que decidida y ante la deserción de Juana que caminaba hacia el fondo, afrontó el inconveniente y salió a atender el requerimiento de la autoridad.
-“Buenas… Qué se le anda ofreciendo” -dijo la joven madre, ajena a cualquier gesto de inquietud. -“Buenas… ando buscando la casa de Oscar Romero”.

Celina hizo las indicaciones para que el policía llegara a su destino y regresó al patio muerta de risa por el acontecimiento, y contagió a Norberto que a los gritos le pedía a su esposa “Volvé loca…! Deja de correr que lo buscaban al Oscar Romero” y las carcajadas inundaron el patio que iba siendo ganado por las sombras del fin de la jornada mientras el sol, una vez más se ponía incendiando los cielos del bajo.

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(Continuará…)