Leyendas y tradiciones de los pueblos originarios recorren el valle de los Comechingones.
El Morro: el cerro que vive




Por: Sergio Coria

El siguiente texto, el autor, nos invita a  evocar las tradiciones puntanas respecto del majestuoso cerro que reina en el extremo sur del antiguo valle de los Comechingones.

La magia de El Morro

Mi padre siempre me hablaba de su ciudad y de su provincia: San Luis. Y tan vívidos eran sus relatos que fue engarzando en mí el mismo sentimiento que él profesaba por su heredad, al punto de sentirme, a veces, un puntano en el exilio. Aunque no sea ese precisamente el término ni la condición, pues, al fin y al cabo, mis días trascurren en el valle que se estira al costado del las sierras de Los Comechingones o Grandes (según la provincia que ocupen), desde El Morro hasta la Cuesta de Alatautina, zona que fue motivo de litigio limítrofe a fines del siglo XIX, entre Córdoba y San Luis.

El Morro es el más grande crater del territorio argentino y se erige solitario en la llanura oeste de San Luis. Justamente las historias que tenían a ese fabuloso cerro como protagonista eran las que más estimulaban mi imaginación de niño, que mediante el relato iba a encontrarse con aquel otro niño que fue mi padre con una infancia asediada por las carencia económicas, aunque copiosa en valores que lo apuntalaron hacia el hombre de bien que fue.

Aquel niño que era mi padre tenía mi mismo nombre así que por esas magias de los relatos paternales solía darse una especie de  simbiosis y de pronto aparecían ante mis ojos las imágenes de sus cuentos.

Mi padre decía que antes, cuando el aire estaba más limpio que ahora, solía verse El Morro desde la ciudad.

A veces – me decía – surgía una nube, que parecía ubicarse sobre el cerro como si fuera a posarse sobre la cima y aparentaba girar, mientras se sentía un bramido. Los mayores decían que era porque El Morro estaba enojado.

El cerro siempre se enojaba con los seres humanos. Como si fuera un dios dando reprimendas a sus fieles.

Cuentan que esos enojos se debían a buscadores de tesoros que intentanban subir sus laderas en busca de un toro de cuernos de oro que si bien espantaba a los instrusos, los guiaría a un supesto inconmensurable tesoro. Entonces la montaña lanzaba su bramido para amedrentar al tiempo que una densa niebla se levantaba para extraviar los pasos de los saqueadores.

He pasado inumerables veces a la vera del cerro y siempre lo observé con ese halo de misterio con que mi padre me lo regaló en sus relatos. Nunca había podido verlo enojado, como él decía.

Por fin una tarde abril en que viajaba en moto desde San Luis a Córdoba, al trepar las lomas que guerecen a Saladillo, apareción ante mis ojos toda la manificencia del cerro y una nube turbulenta que coronaba su cumbre. De inmediato detuve la marcha y bajé de la moto. Sin poder quitar la mirada de esa mole de piedra busqué en una de las alforjas la cámara de fotos y comencé a disparar. No se si bramaba el cerro o ese ruido que se percibí era el motor de algún vehículo que transitaba la autopista. Pero me surgió una emoción desde los huesos que me recorrió cada fibra y se derramó en un par lágrimas. Una vez más El Morro me llenaba de magia el momento y me acercaba al niño que fue mi padre.

Hubo otras historias de otros pueblos y lugares a los que fui conociendo a lo largo del tiempo. Quizá por una necesidad de reencontrarme con esa tierra que mi padre me había inoculado en el alma hasta sentirla propia, quizá por esa obcecación del oficio de constatar si aquellas imágenes que fomentaban sus relatos guardaban correlación con la realidad del panorama. O simplemente para sentir el abrazo de esos paisajes como si fueran los abrazos de mi padre.